23 de septiembre de 2013

En realidad, si nos importa todo eso.

Había peleas continuamente. Las profesoras no parecían enterarse de nada. Y había siempre problemas cuando llovía. Cualquier niño que llevase a la escuela un paraguas o un impermeable era automáticamente marginado. La mayoría de nuestros padres eran demasiado pobres para comprarnos esas cosas, y cuando lo hacían, las escondíamos entre arbustos. Cualquiera que fuera visto con un paraguas o un impermeable era considerado un mariquita. Recibía palizas después de clase. La madre de David le hacía llevar paraguas en cuanto había el menor asomo de nubes.

En el recreo, los de primer grado se reunían en el campo de baseball y elegían los equipos. David y yo nos poníamos juntos. Siempre ocurría lo mismo. A mí me elegían el penúltimo y a David el último, así que siempre jugábamos en diferentes equipos. David era aún peor que yo. Con su bizquera ni siquiera podía ver la bola. Yo necesitaba mucha práctica. Nunca había jugado con los niños de mi barrio. No sabía cómo recoger una bola ni cómo lanzarla. Pero yo quería jugar, me gustaba. A David le daba miedo la bola, a mí no. Yo le daba fuerte al bate, le daba con más fuerza que nadie, pero nunca podía darle a la bola. Siempre fallaba. Una vez conseguí tocarla y que saliera desviada. Eso me supo a gloria. Conseguí llegar a primera base, y el chico de la primera me dijo: «Es la única forma en que puedes llegar hasta aquí.» Yo me quedé quieto mirándole. Mascaba chicle y le salían largos pelos negros de la nariz. Tenía el pelo pringoso de vaselina. No paraba de sonreír.

—¿Qué miras? —me preguntó.

Yo no supe qué decir. No estaba acostumbrado a conversar.

—Los muchachos dicen que estás loco —me dijo—, pero no me asustas. Te estaré esperando algún día después de clase.

Yo seguí mirándole. Tenía una cara horrible. Entonces el pitcher lanzó la bola y yo corrí hacia la segunda base. Corrí como un descosido y me tiré resbalando hasta la base. La bola llegó tarde. No habían podido eliminarme.

—¡Estás fuera! —gritó el chico al que le había tocado arbitrar. Yo me levanté, sin poder creérmelo.

—¡He dicho que ESTÁS FUERA! —gritó el arbitro.

Entonces supe que no me aceptaban. No me aceptaban ni a mí ni a David. Los otros me querían «fuera» porque se suponía que yo estaba «fuera». Sabían que David y yo éramos amigos. Era por culpa de David por lo que a mí no me aceptaban. Mientras salía fuera de la cancha vi a David jugando en tercera base con sus pantalones cortos. Sus calcetines de color azul y amarillo se le habían caído hasta los pies. ¿Por qué me había tenido que elegir a mí? Me había dejado marcado. Aquella tarde después de clase me fui a toda prisa y caminé solo hasta mi casa, sin David. No quería verle otra vez aguantando las palizas de los chicos del colegio o de su madre. No quería escuchar su triste violín. Pero al día siguiente a la hora del almuerzo, cuando se sentó a mi lado, comí de sus patatas fritas.

7. Extracto. La Senda del perdedor. Charles Bukowski.

22 de septiembre de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

18 de febrero
7 Personaje de La Invitada.
Mi querido Castor

Hace un rato recibí por fin su larga carta. Qué contento me puse, mi dulce pequeña, al ver que mi partida no la alteró demasiado. La vi marcharse tan despacio, con una soltura mecánica tan singular, que temí una emoción excesiva. Amor mío, estoy tan contento de ser para usted fuente de dicha y nunca, ni siquiera ahora, fuente de tristeza. Sí, cariño mío, me gustaría muchísimo besar sus viejas mejillas de camino trillado, que son lo que más me gusta en el mundo. La quiero. Verá usted, en todos estos días, por más que me dé tono con la autenticidad, montones de veces me flaquea vergonzosamente el ánimo por estar lejos de usted. No obstante soy un ex permisionario decoroso. Los otros, Hang y el ayudante, por ejemplo, están rendidos. Hang se ha vuelto derrotista. Y, en general, en el tren y en los campamentos he visto que los tipos que vuelven del permiso están terriblemente afectados, lo que justifica en cierto modo el atolondramiento de mi madre: «Dicen que no deberían darles permiso porque vuelven con la moral más baja». Entonces bien puedo permitirme unas mínimas muestras de fastidio. De todas maneras, ya está, mire, me he hecho mi agujero. Además, sobre todo un agujero intelectual. Tengo tela que cortar y me regocija: estoy avizorando una teoría del tiempo. Esta noche comencé a escribirla. Gracias a usted, ¿sabe? Gracias a esta obsesión de Françoise: la de que en la habitación de Xavière, cuando está Pierre, hay un objeto que existe él solo sin ninguna conciencia que lo vea. No sé bien si tendré paciencia de esperar a que alguien le lleve mis cuadernos para hacérsela conocer. A propósito, amor mío, no ha tenido usted tiempo de decirme lo que pensaba de mi teoría del contacto y de la ausencia. Dígamelo.

En cuanto a la jornada de hoy, aquí la tiene: ante todo, era domingo. Aquí, comienza a sentirse otra vez. Toda la mañana he estado trabajando y leyendo en el Hotel du Soleil; hacía más bien frío, dado que la sirvienta no conseguía encender la estufa. Estoy entusiasmado con la guerra de 1870. Usted me ha dado un libro de Duveau sobre el asunto (sé de él por Maheu, es un tristón, lleva un diario íntimo pero su libro es inteligente), aquí he encontrado un libro de Chuquet sobre la guerra y además tengo el Bismarck de Ludwig, es una buena documentación y muy interesante. A mediodía vinieron los cazadores amigos de Pieter y almorzamos juntos. Esta vez por milagro estuvieron interesantes, pero creo prudente reservar para el cuaderno lo que me dijeron. Unos cazadores que no conocía se mezclaron en la conversación y también estuvieron interesantes. Después fui a buscar el correo: una larga carta suya, una de Tania. La suya me trastornó todo, amor mío, pero la de T. me irritó. No sé por qué, me parecía menos agradable que las otras dos y sobre todo sospecho que la escribió al otro día y le puso la fecha de la víspera. Después de todo no es tan importante, pero esa especie de confianza que por pura estupidez le estaba prestando se fue repentinamente al trasto.

Para calmar mi berrinche salí a dar una vuelta y vi un espectáculo delicioso: soldados, muchachas y chiquillos bajando en trineo una calle empinada entre dos filas de espectadoressoldados
que les arrojaban bolas de nieve. Tras lo cual regresé, animoso y sereno, y trabajé sobre el tiempo hasta la cena en el café que, no habiendo nada mejor, me sirve de querencia. A propósito, no me queda ni un céntimo. Si no es mucha molestia para usted, envíeme cien francos, pequeña mía. Y no se olvide del paquete.

Esto es todo por hoy. En este momento estoy solo y animoso. Le escribo. La quiero tanto, tanto. Sí, amor mío, fue una velada muy rica la del pequeño O.K., volveremos, he pasado un permiso estupendo. (Pero no «precioso», me quejo discretamente de ello en mis cuadernos.) Aquí tiene una pequeña anécdota edificante: la mujer del soldado C., conocido mío, vino a verlo con los papeles en regla. Tiene auténticos primos en este sitio. Al bajar en una gran ciudad cercana, pidió a un tipo que le buscara un taxi. El tipo era de la Policía Militar y la hizo detener. La estuvieron interrogando tres horas. Al cabo de las cuales confesó y los otros tuvieron la exquisita gentileza de autorizarla a ver a su marido durante 24 horas (se había marchado para ocho días, trayéndose al gato porque no tenía a nadie que se ocupara de él). En otros casos han sido menos amables y castigaron al soldado a quien venían a visitar. Pero es que aún estamos muy cerca de las líneas. Si estuviésemos en la retaguardia, estas mujeres vendrían cuando se les antojara.

Querido amor mío, mi pequeño Castor, la quiero con todas mis fuerzas.

21 de septiembre de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

17 de febrero
Mi querido Castor

Hoy no ha habido cartas. Yo me había dicho juiciosamente que no las habría, que las cartas del 15 no podían llegar el 17, salvo si se las había echado al correo antes de las 14.30, lo que a usted le resultaba imposible. Así que no me decepcioné tanto, sólo que hasta que no reciba cartas no tendré la sensación de haber reanudado mi vida aquí. De momento estoy un poco desorientado, no me he hecho mi agujero. Todo es hueco pero qué extraña impresión, uno siente que las cosas huecas se van llenando lentamente ante sus ojos. Esta tarde, por ejemplo, sentí que el perfil de Naudin inclinado sobre su papel de cartas recobraba una especie de valor en mi vida, lo recobraba en medio de esta luz nueva y de esta habitación nueva. Es mi vida aquí lo que comienza a tomar forma. Van surgiendo pequeñas impresiones, distancias, que se van haciendo familiares (la del Hotel du Soleil, que Pieter llama nuestro P.C., al A.D.). Pero en conjunto esto no es demasiado simpático, le falta una querencia; qué simpática era nuestra pequeña y estrecha querencia de Morsbronn, en la que vivíamos los cuatro y que «apestaba», si hemos de creer a los secretarios, más que abundantemente. El pueblo no es antipático y disfrutamos de una paz fenomenal, estamos como reyes. Pero, ¿a dónde ir? Somos diez en un cuarto pequeñísimo,

Courcy da sentenciosos paseos de un lado a otro haciendo crujir pensativamente los talones y exclamando a veces: «¿Qué queréis que hiciese?» (corrupción de: «¿Qué queríais que hiciera la criada?». Yo lo había dejado en Morsbronn en, la fase Boniface, de tal suerte que corrupción y contracción permiten medir el paso del tiempo). El ayudante cuenta por décima vez sus historias, ahora quiere «cortarle los bigotes al padrecito Stalin» y sueña que nos envían en cuerpo expedicionario a Finlandia. Allí espicharía en seco, de todos modos, pues es friolero como una vieja. Para tranquilizarla me permito decirle, como delicadamente le repliqué a él, que no nos enviarían en cuerpo expedicionario a Finlandia a menos que previamente cumplimentaran la ligera e insignificante formalidad de declararle la guerra a Rusia.

Los otros no dicen gran cosa pero viven, y esto produce ruido. Por la mañana permanezco en un gran café triste donde me toleran aunque esté cerrado a la tropa. A mediodía voy a almorzar al restaurante contiguo. Bien. Por once francos. Me echan a la una y media. Entonces me resigno a ir a casa de los secretarios. Están instalados en la planta baja de una casita acomodada, confortable y desprovista de misterio que no tiene el encanto ruinoso de nuestro Hotel Bellevue. Esta casa, situada al borde de la «Calle Mayor», está alineada con otras siete todas iguales, pintadas de un gris azulado y fuertemente alemanas. El conjunto pertenecía en otro tiempo a un príncipe. Ahora están «burguesamente» habitadas y una de estas familias burguesas nos ha cedido la planta baja. Se la oye vivir encima de nuestras cabezas. Así que de 2 a 5 permanezco ahí, leo un poco —hoy he trabajado en mi cuaderno, donde hablé de sus «situaciones irrealizables»— usted sabe, lo que siente Elisabeth7 todo a su alrededor y he clasificado mi permiso entre estas situaciones. También he contado mi regreso (lo que le escribía ayer). A las cinco vuelvo al café, que está lleno de militares pero de militares que zumban entre ellos, que no me dedican sus ruidos a mí (en el A.D. lo terrible es que cada cual destina expresamente sus ruidos a todos los demás, son ruidos penetrantes. Los del café son ruidos espumosos) y puedo escribir mis cartas. Finalmente —igual que en noviembre— me ofrecí como voluntario para cuidar el A.D. por la noche, porque allí estoy solo. Y eso es todo. Añádale que esta mañana pasé la visita médica, como ha de hacerlo todo soldado al volver de su permiso, y que esta tarde llevé madera a serrar a la carpintería. De manera que no he podido hacer gran cosa. Quizá desde mañana vuelva a mi opúsculo, trabajaré el capítulo JacquesMathieu para no perder tiempo. No estoy triste, pequeña mía, pero necesito las cartas. Quisiera que de nuevo encerrase usted su personita en las cartas, como un genio en una botella; ahora está libre y vagabunda, y de tan lejos que está más de una vez me flaquea el ánimo. Es tanto lo que la quiero, pequeña mía, tanto, tanto, y como aquí no tengo absolutamente nada que hacer, ni el más pequeño sondeo, encuentro absurdo estar tan lejos de usted. La quiero con todas mis fuerzas.

Parece que Emma, sin saber muy bien lo que será de ella, de todas maneras, se está ocupando de preparar por si acaso su visita. Me ha escrito esta mañana. Amor mío, no se olvide de pedir a la dama una notita de recomendación para Tania dirigida a Tournay.

La embajada del Japón (servicio de propaganda) me anuncia que mi «volumen de cuentos El muro» ha sido traducido al japonés. Pero debe ser un error: sólo se trata del cuento de ese nombre. Jacques Chardonne me envía su último libro: Chronique privée, donde escribe: «Me atrevería a decir que Les plus beaux de nos jours de Marcel Arland, Noel Moláis de Henri Fauconnier, Milady de Paul Morand, La Chambre de J.P. Sartre... poseen en común la misteriosa e inalterable calidad de aquellas novelas de antaño que seguimos leyendo». Se me alzó un poco el copete. Me alegra que todo esto continúe latente a pesar de la guerra.

Y si dices la verdad, creen que no estás cooperando.

No tenía amigos en la escuela, tampoco los quería. Me sentía mejor yendo solo. Me sentaba en un banco y observaba a los otros mientras jugaban, al tiempo que ellos me miraban con burla. Un día durante el almuerzo se me acercó un niño nuevo. Llevaba pantalones cortos, era bizco y con cara de pájaro. No me gustaba su aspecto. Se sentó en un banco a mi lado.

—Hola, me llamo David.

Yo no contesté. Abrió la bolsa de su almuerzo.

—Tengo sandwiches de mantequilla de cacahuete —dijo—. ¿Tú qué tienes?

—Sandwiches de mantequilla de cacahuete.

—También tengo un plátano, y patatas fritas. ¿Quieres patatas fritas?

Cogí algunas. Tenía un montón, eran crujientes y saladas, el sol brillaba a través de ellas. Estaban buenas.

—¿Puedo coger algunas más?

—Bueno.

Cogí más. En sus sandwiches de mantequilla de cacahuete también tenía mermelada; se salía y le caía por los dedos. David no parecía darse cuenta.

—¿Dónde vives? —me preguntó.

—En Virginia Road.

—Yo vivo en Pickford. Podemos volver juntos después de clase. Coge más patatas. ¿A quién tienes de profesora?

—A la señora Columbine.

—Yo tengo a la señora Reed. Te veré después de clase, podemos volver a casa juntos.

¿Por qué llevaba esos pantalones cortos? ¿Qué era lo que quería? Realmente, no me gustaba nada. Cogí más patatas fritas.
Aquella tarde, después de clase, me encontró y empezó a caminar a mi lado.

—No me has dicho cómo te llamas —me dijo.

—Henry —respondí.

Mientras caminábamos, me di cuenta de que nos seguía toda una panda de chicos de primer grado. Al principio les sacábamos media manzana, pero se fueron acercando hasta ir a pocos metros detrás nuestro.

—¿Qué es lo que quieren? —le pregunté a David.

El no contestó, sólo siguió andando.

—¡Eh, cagón de pantalones cortos! —gritó uno de ellos—. ¿Tu madre te hace que cagues en los pantalones cortos?

—¡Cara de pájaro, jo, jo, cara de pájaro!

—¡Bizco! ¡Prepárate a morir!

Entonces nos rodearon.

—¿Quién es tu amigo? ¿Te besa el culo?

Uno de ellos cogió a David por el cuello. Lo tiró al césped. David se levantó. Un chico se colocó a cuatro patas detrás de él. El otro chico empujó a David y éste cayó hacia atrás. Otro chico se puso encima suyo y le frotó la cara contra la hierba. Entonces le dejaron. David se levantó de nuevo. No abrió la boca, pero las lágrimas le caían por la cara. El más grande de los chicos se le acercó:

—No te queremos en nuestra escuela, mariquita. ¡Lárgate de nuestra escuela!

Le pegó un puñetazo en el estómago. David se encogió hacia delante y en ese momento el chico le metió un rodillazo en plena cara. David cayó al suelo. Le sangraba la nariz. Entonces me rodearon a mí.

—¡Ahora te toca a ti!

Empezaron a dar vueltas a mi alrededor y yo también me giraba. Siempre había alguno detrás mío. Ahí estaba yo cargado de mierda y tenía que pelear. No entendía sus motivos. No paraban de dar vueltas ni yo tampoco. Estaba aterrorizado y tranquilo al mismo tiempo. La cosa siguió y siguió. Me gritaban cosas, pero yo no oía lo que decían. Finalmente lo dejaron y se fueron calle abajo. David me estaba esperando. Caminamos por la acera hacia su casa, en la calle Pickford. Llegamos a la altura de su casa.

—Aquí me quedo. Adiós.

—Adiós, David.

Entró y escuché la voz de su madre.

—¡David! ¡Mira tu camisa y tus pantalones! ¡Están todos manchados! ¡Todos los días lo mismo! Dime ¿por qué lo haces?

David no contestó.

—¡Te he hecho una pregunta! ¿Por qué haces esto con tu ropa?

—No puedo evitarlo, mamá...

—¿Que no puedes evitarlo? ¡Niño estúpido!

Oí cómo le pegaba. David empezó a llorar y ella le pegó más fuerte. Yo me quedé escuchando junto a la entrada. Después de un rato dejó de pegarle. Pude oír a David sollozando. Luego dejó de llorar.

—Ahora quiero que practiques tu lección de violín —oí que le dijo su madre. Me senté en el césped y aguardé. Entonces escuché el violín. Era un violín muy triste. No me gustaba la manera en que tocaba David. Seguí sentado escuchando durante un rato, pero la música no mejoró. La mierda se había endurecido en mi interior. Ya no tenía ganas de cagar. La luz de la tarde me hacía daño en los ojos. Tenía ganas de vomitar. Me levanté y me fui a casa.

6. La Senda del perdedor. Charles Bukowski. 

Todo se remonta a la infancia

Mi padre había empezado a no gustarme. Siempre estaba furioso por algo. Allá a donde fuéramos, siempre se metía en discusiones con alguien. Pero a la mayoría de la gente no parecía asustarla. A menudo simplemente se le quedaban mirando con calma, y él se ponía más furioso. Si comíamos fuera, lo cual ocurría raramente, siempre le encontraba algún defecto a la comida y a veces se negaba a pagar.

—¡Hay una caca de mosca en la nata! ¿Qué clase de lugar infecto es éste?

—Lo siento, señor, no necesita pagar. Sólo váyase.

—¡Me voy, claro que sí! ¡Pero volveré! ¡Prenderé fuego a este maldito sitio!

Una vez estábamos en una droguería y mi madre y yo estábamos en una esquina mientras mi padre le gritaba al empleado en la otra. Otro empleado le dijo a mi madre:

—¿Quién será ese tipo tan horrible? Cada vez que viene hay follón.

—Es mi marido —le dijo mi madre.

5. Extracto. La senda del Perdedor. Charles Bukowski.

20 de septiembre de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

16 de febrero
Mi querido Castor

6 Personajes principales de La invitada.
Aquí estoy, de vuelta. Qué extraño me resulta escribirle. Y sobre todo reanudar el diluvio de cartas cotidianas. En mi horizonte está usted querida pequeña, y esto es todo. Cuánto la quiero, mi dulce pequeña, qué joyita de permiso he pasado con usted.

Es posible que el 2 de marzo nos marchemos de descanso por 3 o 6 meses. Esto le gustaría, querida pequeña. Sepa que se habla mucho de ello. Le ahorro los indicios pero aquí no se habla de otra cosa y no se hablaba de otra cosa en el tren. El dato parece serio y además es exacto que después de seis meses de frente las divisiones parten a la retaguardia para un descanso largo. Alégrese, por muchas razones, entre otras la de que tendré permisos de 48 y 24 horas. Debo decirle que estas noticias, encontradas al llegar, no contribuyeron poco a consolidar un humor que me esforzaba en mantener impávido.

En cuanto a la historia de mi viaje, aquí la tiene: desde las 9.40 hasta alrededor de las 16, tren. No estaba triste (había unos tipos muy abatidos y todos estaban silenciosos. Hacia el final un tipo tocó el banjo. Fue una impresión bastante fuerte) sino trastornado. Era sobre todo ternura por usted; por breves relámpagos, hacia Tania —y también una gran extrañeza y pequeños hábitos adquiridos durante el permiso— hábitos de ver, inclusive, esquemas perceptivos que dibujaban su sonrisa, por ejemplo, y que terminaban deshaciéndose al chocar con esta nueva realidad. Pero repito que no se trataba de tristeza y hasta me sentía casi feliz, creo que se lo podría llamar, si hay un estado que merece este nombre, patetismo. Leí. Después bajé en unos campamentos profundamente siniestros y oscuros donde nos amontonaban como ganado. No había más que tipos descorazonados o gruñones. Pero percibí claramente que lo siniestro y la tristeza son cuestión de voluntad, porque era algo
que sentía delante de mí y yo no estaba dentro y no quería estarlo. Dios mío, mi dulce pequeña, cuando pienso que durante el servicio militar me permití sentirme deprimido porque regresaba por cinco días a SaintCyr.

¡Qué vergüenza! Había botellas de cerveza y bebí, cine permanente y estuve tentado a ir pero me pareció una especie de cobardía, una manera de escapar a la atmósfera negra de las barracas y volví a la mía que olía a madera húmeda y que acabó por parecerme formidablemente poética. Me puse a escribir mis cartas y después me acerqué a la estufa y me puse a calentarme nalga contra nalga con otros soldados, fumando y pensando en usted con deleite. De vez en cuando me acordaba también de Tania rodeándome con sus brazos y diciéndome: «Cariñito mío, cariñito mío» y también esto me estremecía. Pero es curioso: hoy los recuerdos de Tania se han agostado, sólo existe usted. Amor mío, si pudiese saber cuánto la he amado estos dos días, dejaría de preguntarme qué es eso de un sentimiento en mi cabeza y renunciaría para siempre a llamarme sepulcro blanqueado. Pero debo decir que sigo siendo reservado con mis sentimientos, siempre podrían exteriorizarse más. Sobre todo ayer, porque entonces hubiese caído en lo lastimoso. Tras lo cual a las 21.20 nos hicieron salir de las barracas y fuimos a apretujarnos en un tren oscuro y helado (las tuberías de la calefacción estaban congeladas). El tren partió, sumido en la negrura, mis vecinos empezaron a resoplar y maldecir porque tenían los pies congelados, por lo que les aconsejé bajar en la primer parada y subir en el vagón delantero, donde era más probable que las tuberías no estuviesen congeladas. Yo mismo tomé la iniciativa de bajar y de correr por la nieve a lo largo del tren. Y, en efecto, el primer coche estaba la mar de caldeado y dormí plácidamente hasta las siete de la mañana. Tras lo cual conversé un poco con mi vecino, quien me informó que su capitán era radiestesista y verificaba el emplazamiento de sus secciones sirviéndose de un péndulo. Cuando el péndulo le informaba que una sección no se hallaba en el lugar que él le había fijado, el capitán cogía el teléfono y le soltaba una bronca a la sección. El tipo me exponía todo esto con objetividad y sin permitirse juzgar. Pero cuando terminó, dijo: «Además es un jilipollas». A las siete y media descenso del tren, nuevos campamentos en los que bebí un vaso de café y conversé con tipos que seguían muy sombríos y después un autocar me trajo hasta aquí. Bajé solo, los demás habían bajado antes o bajaban después. Es una pequeña ciudad sinuosa y en descenso con montones de cuestas empinadas, lo que produce un cierto simpático movimiento. Bajé por una calle al azar y, al pie, me fui al suelo con todos mis trastos. Un soldado que pasaba me reconoció y me llevó al C.G. De ahí fui al A.D., donde se me recibió con la sonriente indiferencia que preveía. Salvo Pieter, que se apoderó de mí y me llevó de inmediato a la taberna para cotillear sobre uno y sobre otro. Paul está de permiso, Mistler se ha marchado al C.G. del Cuerpo de Ejército. En cuanto a la situación, mañana se la comentaré con más detalles, pero en líneas generales: buenos restaurantes, pueblecito agradable, absolutamente nada que hacer. Pero nosotros, los sondeadores, no tenemos local propio. Somos catorce en una habitación tan grande como su cuarto y es bastante incómodo. De modo que me pondré a buscar un local. Tengo algo en perspectiva. Hoy he vuelto a mi cuaderno. No estoy triste sino vacío: lo importante es adquirir nuevos hábitos o, como dice Mistler, «hacerme mi agujero». 

Pues, aquí estoy, cariño, aquellos diez días de tanta pasión están enterrados. Pero habrá otros y puede que muy pronto. Querido amor mío, tengo la impresión de que ya no está usted demasiado triste. Quisiera hacerle sentir cuánto la amo, pequeña mía, y cuan unido me siento a usted. Tengo la sensación, como usted en otro tiempo, de no haberle dicho lo suficiente cuánto la amaba.

Beso con todas mis fuerzas sus queridas mejillitas. No se olvide el Selbona las 2 cajas de Halva la tinta para estilográfica Y si es posible enviar algo de dinero, hágalo. (Pero claro está que no necesita mandar quinientos francos.) Sepa únicamente que el mes que viene tendrá que enviar el suplemento porque pediré un préstamo a Pieter.