26 de agosto de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

16 de enero
Mi querido Castor

Hoy le escribo más temprano porque no he tenido nada que hacer en todo el día (cielo cubierto, no hubo sondeos) y he podido trabajar bien. Primero edificando esta pequeña teoría de la Nada que seguramente ha de despertar su admiración porque 1.° suprime el recurso de Husserl a la ulê, 2.° explica la unicidad del mundo para la pluralidad de las conciencias, 3.° permite trascender de veras el realismo y el idealismo. Todo esto está muy bien, pero no se lo explico porque quisiera que asistiese usted a su nacimiento, tal como se fue dando en los cuadernos; se divertirá.

Después, harto de correr en pos de un tema grandioso que se estaba haciendo de rogar, he vuelto modesta y juiciosamente a la novela. Quedaba por escribir un capítulo sobre Boris y lo he comenzado. En el fondo, ¿por qué no retomar y refundir ahora mi novela? Aún estoy de lo más caliente y no obstante lo suficientemente distanciado de los primeros capítulos como para reparar en sus defectos. Entonces le propongo lo siguiente: ¿qué le parece escribir a la dama para que envíe el manuscrito por correo certificado? (O tal vez alguien de La Pouèze viaje a París y pueda llevarlo, ocho días no son mucho.) Y entonces podría hacerlo mecanografiar, en 2 ejemplares, y yo me traeré uno al volver del permiso. O bien, si mecanografiarlo le parece muy caro, me traeré el manuscrito aquí: nuestra vida es tan sedentaria que no correría mayor peligro. ¿Qué opina de esto? Si está de acuerdo, escríbale a la dama cuando le apetezca. De lo contrario, presénteme sus objeciones.

En una palabra, he escrito sobre Boris y está saliendo bien, creo que gustará. Y además he leído a Heidegger y comenzado Mientras agonizo.4 (Envíeme los libros, mi amor, los de Romains, Gilles y, si no está demasiado escasa de dinero, podría incluir una o dos sorpresitas de entre los títulos de la lista. Gracias amable pequeña por su ofrecimiento de vituallas. Justamente he recibido un paquete de mi buena madre y además, si las necesitara, aquí hay.) He recibido una carta suya: esperaba dos, pues
ayer no me llegó nada. Era la del sábado.

Mi querida pequeña, entiendo muy bien que pueda sentirse de lo más seca sin dejar de ser feliz, y cómo ésta puede ser una manera de echarme de menos. Yo siento lo mismo. Finalmente nos hemos curtido, y están también todos esos pequeños fastidios (permisos suspendidos, etc.) a los que hay que oponer un rostro impasible, entonces uno se siente seco por dentro pero de una sequedad un tanto acongojada.

También yo, amor mío, quisiera sentir mi cuello rodeado por sus bracitos y besarla y hablarle. Por fortuna están estas cartas, de lo contrario no tendría nadie a quien 4 De Faulkner contarle lo que me interesa. Observe que digo esto con el mejor de los humores: tengo las cartas y tengo el cuaderno —y he olvidado un poco, por suerte para mí, lo que es tener cerca ya no digo a usted, sino a alguien que se interese por lo que uno piensa y siente y que pueda comprenderlo. Lo he olvidado igual que la existencia de las tortillas, y no tengo necesidad consciente de ello, me alegra escribir mis pequeñas ideas en el cuaderno y pienso que usted las leerá. Pero hay esto, la contrapartida es que estoy seco. No con usted, amor mío, entiéndame bien. Oh, no, recuerdo multitud de caritas que usted pone y me emociono. Sino ante cosas, gentes, paisajes y también ante lo que escribo; en otro tiempo, una especie de emoción se colaba un poco con la tinta por la pluma de mi estilográfica cuando escuchaba a Johnny Palmer en el Café des Trois Mousquetaires mientras escribía mi novela —y no puedo decir que ella me inspiraba directamente tal palabra o tal frase (aunque hasta sería posible) pero sí que me aportaba simpatía hacia mis personajes. Ahora, en cambio, todo es más conceptual. Veo lo que ellos tienen que pensar y hacer, pero con frialdad. Tengo curiosidad por saber (muy pronto me lo dirá) si la novela cambia con ello, si eso le quita una especie de densidad o no: es en cierto modo una experiencia crucial sobre el embuste que hay en los libros. Con respecto a los judíos, verá usted, no me ha convencido.

Usted escribe: en tal caso (si asumirse como judío consistiera en reclamar derechos para los judíos por ser judíos) asumirse como francés significaría hacerse chauvinista. Pues no. La expresión: derechos, que habré utilizado erróneamente y deprisa, la ha desorientado. El problema es el siguiente: el asumirse como judío, ¿es algo que apunte a la supresión ulterior de la raza y representación colectiva «judío»? (en este caso, la asunción se cumpliría teniendo en cuenta la historicidad inmediata del individuo, como por ejemplo asumirse burgués para suprimir a la clase burguesa, sabiendo perfectamente que, aun cuando uno ayude a suprimirla, lo hará como burgués y seguirá siendo un ex después de su supresión —sólo que luego no habrá más burgueses—) o bien cabe asimismo la posibilidad de que al asumirse como judío uno le reconozca al judaismo un valor cultural y humano, en cuyo caso el principio inspirador de la lucha contra el antisemitismo no sería el hecho de que el judío es un hombre, sino en rigor el de que es judío. Y, naturalmente, no debería uno detenerse en
su judería. Pero toda asunción es superación hacia el hombre, se lo explicaré. No concluyo nada ni me corresponde concluir, pero las dos actitudes me parecen igualmente posibles.

Hasta pronto, dulce pequeña, mi pequeña querida. Aquí tiene una carta bien larga y ni siquiera le he contado mi vida. Pero es que no hay nada que decir. Usted vive por mí.
Hasta mañana, mi pequeña flor, la aprieto muy fuerte entre mis brazos.

24 de agosto de 2013

III / El regreso

Fui real entre aquellos simulacros
y mi sombra, para gran maravilla de las sombras
que vagaban por esas cimas de redención,
volvía todavía más rojas a las llamas. Ahora
la gran fiesta final se ha disipado y camino
hacia las piedras borrosas de una ciudad
en la que nunca, de nuevo,
resonarán los pasos de la hija de Folco.

Ahora soy yo la sombra entre estos cuerpos reales.

23 de agosto de 2013

Siete verdades de ayer y hoy.

1- Jamás he derramado una lágrima por un hombre.
2- En el futuro me gustaría adoptar.
3- El primer libro que me leí de corrido y sin ni un segundo de interrupción fue El club de la pelea.
4- Conseguí mi licencia de conducir y de seguro se me olvidará cómo manejar antes de que tenga un auto.
5- No me canso de ver Dawson Creek.
6- He comenzado a practicar en patines roller semi profesionales y son una bala. Ya me caí por primera vez.
7- Me he percatado de que he vivido en 2 milenios, en 2 siglos y en 4 décadas. Y no me siento vieja.

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

15 de enero
Mi querido Castor

Otro día estudioso. Pieter y Keller fueron a buscar el hidrógeno, era su turno, y yo me quedé sin mi mañanita poética. Pero no tuvo mayor importancia y he trabajado bien. Filosofía, ay, ni teatro ni novela. No importa, tenía que ser. Esta mañana releí la conferencia de Heidegger ¿Qué es la metafísica?, y durante el día me dediqué a «tomar posición» con respecto a él sobre la cuestión de la Nada. Yo tenía una teoría de la Nada. Aún no estaba redondeada y de repente lo está. La verá cuando llegue a París.

Tal vez encontrará usted que mis cuadernos se están volviendo demasiado filosóficos, mi pequeño juez. Pero también es necesario hacer filosofía, y precisamente escribía hoy en mi cuaderno que la que hago ha de ser un tanto emocionante para otros, porque es interesada. Cumple un papel en mi vida, el de protegerme contra las melancolías, desazones y tristezas de la guerra, y además a estas alturas no procuro proteger mi vida a posteriori a través de mi filosofía, lo cual sería canallesco, ni acomodar mi vida a mi filosofía, lo cual sería pedante, sino que de veras vida y filosofía son una misma cosa. Al respecto he leído una bella frase de Heidegger que podría aplicarse a mí: «La metafísica de la realidadhumana no es solamente una metafísica sobre la realidadhumana;
es la metafísica viniendo... a producirse en cuanto realidadhumana». Lo cual nos impide que el «público culto» topará con pasajes plúmbeos. Pero, en cambio, comienzan a aparecer uno o dos sabrosos: uno sobre los agujeros en general y otro específicamente sobre el ano y el amor a la italiana. Esto compensará aquello.

Aparte, durante la tarde me obsequié con una pequeña distracción, leí El náufrago del Titanic. Me divirtió enormemente, ¿sabe? Sólo que a las cincuenta páginas me asaltó la estúpida impaciencia de mirar el final, y al enterarme de quién era el culpable ya no pude continuar. Al respecto, dulce pequeña, en cuanto reciba esta carta tiene que enviarme libros, no me queda nada. Y si no ha leído los de Romains, envíelos igual, se lo ruego. Los devolveré con el mayor escrúpulo. De manera que se ha enterado, pobre pequeña, de que han suspendido los permisos. No han dicho por qué pero no es difícil adivinar: hay nuevas amenazas contra Bélgica y Holanda. Lo supe anoche, poco antes de escribirle, y fue un golpe bastante duro. Yo que el día anterior le hablaba de los paseos que haríamos juntos y de las tortillas que iba a comer. Y sobre todo con las ganas que tengo de verla, querida pequeña. Pero mire, es sólo un minúsculo retraso. Una vez más, estas amenazas quedarán en nada y dentro de cuatro o cinco días los permisos reemprenderán su curso. Y, como es preciso que acaben, el ritmo se acelerará. De manera que me verá casi el día anunciado. Además, esta tarde han dicho por la radio que la tensión germanoholandesa está decreciendo. Pero anoche no se sabía nada de nada. Por mi parte, «asumí» y digerí el golpe de una manera que me honra. Esta mañana me hallaba perfectamente animoso. En cambio, sí estaban bastante alicaídos los pobres tres o cuatro tipos que tenían que marcharse ayer y que se quedaron. También le tocaba marcharse al coronel, que por esa causa sigue aquí. No tiene que preocuparse. Estoy seguro de que iré de aquí a unos quince días: es sólo un pequeño contratiempo desprovisto de gravedad. Ayer fue un golpe porque no se sabía absolutamente nada.

Hoy no ha habido correo. De nadie. Por lo tanto, mañana recibiré seis cartas, será un buen día. Aquí está. He comenzado mi noveno cuaderno. Es el segundo color azul noche que usted me mandó. Cuando llegue, le traeré seguramente siete, nunca habrá leído tanto al mismo tiempo. Y además nos redactaremos uno pequeño confidencial para nosotros dos acerca del permiso, no se lo mostraremos a nadie, ni siquiera a los íntimos, sobre la estancia en París.

La quiero tanto, pequeña mía. Ayer sentí hondamente cuánto necesitaba verla. Usted me escribe que me siente al «alcance de la mano», y es un deleite, sí, amor mío, estoy exactamente bajo su patita y la beso con todo mi corazón.

22 de agosto de 2013

Epica

Por qué será que se vuelve a intentar
aquello donde siempre se fracasa,
como la ropa vieja las sentencias
que ayer corrían altivas por las roncas
gargantas quisiéramos reanimar,
o no es a las frases sino a la gente
que se desbarranca de la historia
hacia el cuarto trasero de la casa,
y fracaso mediante se pudiera
fijar ahí el desorden o la creación
organizados por un momento
con su sello de plata, solidarios
como la mano de Dios.

21 de agosto de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

14 de enero
Mi querido Castor

He estado todo el día divagando sobre un tema teatral. Al final me sumí en el hastío más absoluto. Lo consideré todo y no me quedé con nada, desde Prometeo hasta aquel famoso barco lleno de judíos cuya historia me había tentado una vez. Y después nada. Nada de nada.

Escribí una escena de Prometeo y la rompí; usted sabe lo molesto que me pongo con los demás y conmigo mismo en estos períodos de alumbramiento. Para colmo, decidí releer un pasaje de mi novela por encontrarme de una vez con algo acabado y más o menos consistente, y me pareció execrable. Entonces me armé de todo mi valor y lo rehice, pero no creo que esté bien tampoco. A causa de esto, casi no trabajé en el cuaderno. Tal ha sido mi jornada, puro vacío caviloso. Preciso es decir que hace aquí una temperatura de sueño. 25° a 30°, como para dormir la vida entera, es un tanto atroz, uno siente el cuerpo entero en la cabeza. Es el maldito coque: o no arde, o arde demasiado. No cabe duda que la antracita es mejor.

Habrá un pequeño retraso en los permisos, dulce pequeña. No gran cosa, tal vez cinco o seis días, pero creo que será prudente no esperarme para antes del 1.° de febrero. Haga uso, dulce pequeña, de esa paciencia que es un don de guerra. Pero no se alarme. No es que le esté anunciando precavidamente que me quedaré sin permiso. Es nada más que lo que le digo. Recibí una carta suya con una posdata muy injusta. Me acusa de no haber enviado los libros a Bost y me llama: pequeño malvado. Pero resulta que hace como una semana que le envié doce. Seguramente los ha recibido ya. A propósito, a mí no me queda gran cosa, mándeme pronto los de Romains y ese Gilles que tanto la aburre. Pienso que leeré, si no escribo. No sé bien qué hacer conmigo. T. me ha escrito juiciosamente una larga epístola, pero me crispa, no sé por qué. Tengo la impresión de haberme obcecado gratuitamente en la idea de que seis meses de ausencia eran demasiado para una cabeza tan chiquita, y de que en consecuencia le guardo cierto rencor por haberme olvidado. Pero sin acceso pasional, caramba.

Tiene toda la razón, dulce pequeña, al decirme que soy tan sensible como usted a las incongruencias. No creo dejarlas escapar. Pero debo decir que en las primeras épocas soy sumamente indulgente con las de las mujeres. 

Esto es todo por hoy, querida pequeña, adorable Castor. La quiero con todas mis
fuerzas, es usted mi pequeña flor.