19 de agosto de 2013

Otra vez

La fiesta se acabó. Las mujeres más lindas se fueron primero, después se fueron los amigos.
Ebrio, tambaleante parado en el medio de la pista, reconocí los primeros acordes de una canción famosa en mi adolescencia y decidí salir al frío cristalino de la calle.
Ahora espero el 65 agarrado al caño de la parada, siempre lo mismo, sé que estoy en una noche clónica de aquella en que las emociones fueron esenciales.

18 de agosto de 2013

"Almafuerte", ¡Avanti!

Si te caes diez veces, te levantas
otras diez, otras cien, otras quinientas:
no han de ser tus caídas tan violentas
ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
asimilan el humus avarientas,
deglutiendo el rencor de las afrentas
se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal, para ser fuerte,
nada más necesita la criatura,
y en cualquier infeliz se me figura
que se mellan los garfios de la suerte...

¡Todos los incurables tienen cura
cinco segundos antes de su muerte!

17 de agosto de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

13 de enero
Mi querido Castor

Transcribo para usted un principio de carta que comenzaba con estas palabras: le escribo en un rato de calma: son las nueve y tenemos sed, acabo de mandar a Mistler y Pieter a comprar vino, pago yo. Cuando vuelvan, beberemos y gritaremos un poco, desde luego. La carta seguía y se la copiaré entera, pero debo decirle que Pieter entró con la cantimplora llena cuando ya había escrito dos páginas enteras, se lanzó sobre mi vaso para llenarlo en un arrebato de generosidad y volcó todo el vino sobre su pobre cartita. Ay, dulce pequeña, tendré que empezarla otra vez. Pieter quedó de lo más confuso, porque me tienen miedo. («No te podemos coger en grandes cosas cuando te cabreas con nosotros, me dijo. Entonces nos desquitamos con las pequeñas.

Pero no sirve de nada: cuando te molestan eres terrible. Las cosas que les dices a los pobres líos. ¡Eres terrible!») Pero después de tratarlo gustosamente de zoquete tomé rápidamente mis decisiones: no le escribiré a T., que no me ha escrito, ni a mis padres, que bien pueden quedarse un día sin carta. Esta noche hemos tenido tertulia, aquí. Vino Mistler y fue interésame oír hablar a Pieter sobre la vida y muerte de la colonia judía de la rue des Rosiers, pues parece que actualmente ha desaparecido. Entretanto, Keller, que a sus horas Se pone ladinamente juguetón, había deslizado un largo tubo de goma detrás de los libros de Paul haciéndolo desembocar a la altura de la nariz de éste, que no sospechaba nada.

Tras lo cual encendió una pipa y soltó torrentes de humo por el tubo. Paul, al recibir la humarada en plena cara (detesta el tabaco), entró en agitación y su puso a decir: «La habitación está sobresaturada de humo y se producen corrientes de convección». Nosotros, entretanto, no podíamos más de la risa; hasta yo, mi buen Castor, me había puesto rojo y contaba un cuento de ratas para justificar mi hilaridad. Debo decir que aquel humo era encantador, giraba en redondo a ras de la mesa como un gato persiguiéndose la cola ante la mirada atónita y científica de nuestro cabo. Nos proponemos volver a hacerlo todas las noches.

Fuera de esto, desde luego, día de calma absoluta. Aquí todo el mundo está saliendo con permiso y a mí me tocará seguramente dentro de diez o quince días. Además, Paul hará gestiones ante el capitán, pues su interés y el mío coinciden. La noche anterior tuve tanto frío (—7°) en mi dormitorio, que hoy dormí en el puesto de sondeo sobre un somier que habíamos encontrado en el corredor. Resultó voluptuoso. Hoy, hemos estado de cuarteleros Pieter y yo; la cosa consiste en matar el tiempo: barrer vagamente el puesto (Pieter), ir a buscar el café (yo) a las 7, ir a buscar la manducación a mediodía (Pieter) y el rancho por la noche (los dos juntos porque hay que llevar las linternas) de suerte que, como puede observar, de las 7 de la mañana a las 6 de la tarde estoy de lo más pancho. Keller y Paul hacen los sondeos.

Mañana nos toca a nosotros. Supondrá usted que he comenzado Prometeo o vaya a saber qué cosa grandiosa. Pues no, ni siquiera he pensado en ello. He escrito extensas consideraciones sobre el Destino. Historicidad, otra vez. Me impresiona y divierte ver cómo «bajo la presión» de los acontecimientos un pensamiento histórico se ha desencadenado en mí y ya no se para, en mí que hasta el año pasado vivía un poco en el limbo, era un abstracto, un Ariel. Finalmente, estoy obsesionado ahora no por lo social sino por el medio humano. Enorgullece un poco, considerando que soy aquí un soldado regular, que disfruto de una soledad perfecta (los ayudantes no cuentan) y que no padezco en absoluto la coacción social. Recuerda usted aquella impresión de guerra kafkiana cuando estábamos en la Gare de l’Est y usted tenía la impresión de que me marchaba al Este movido por una obstinación heroica y culpable sin que nadie en verdad me lo pidiese. (Ah, mi buena pequeña, cuánto la quiero, recuerdo aquella noche de paseo por un París desierto, qué cerca de mí la sentía, mi pequeña flor, eso es algo muy fuerte que hay entre nosotros.) Pues bien, palabra que aquí es igual. Cumplimos nuestro servicio pero con una extraña y constante impresión de ser voluntarios, no tenemos jefes, no necesito adoptar compostura alguna, no me lavo ni me cuido. (Paul me contó que en la cocina le dijeron: tu colega es una celebridad en la división —y no creo que esta celebridad sea de buena ley—. Y esta noche el pedazo de idiota de D’Arbon, ferretero de profesión, me dijo mientras yo lavaba las escudillas: «Dicen tonterías, a veces». «¿Cómo?» «Sí». Silencio, y luego una carcajada de D’Arbon: «¡Fíjate que decir que eres profesor!». «¿Ah, sí? ¿Y qué?» «Bueno, tú no eres profesor.» «Sí que lo soy.» Escupió lo que estaba comiendo creyendo que se atragantaba.) Y sin embargo, en este estado de libertad y soledad siento a mi alrededor una formidable presión humana, que es lo que me mantiene constantemente en estado de interés. Aquí termina el trozo de carta que he copiado (con floreos, claro). He recibido dos largas cartas suyas, pequeña flor. ¿A qué se debe que me hable de la señora Medvédeff? ¿Le pedí acaso noticias suyas? Le habrá hecho gracia observar que no he olvidado su apellido. Era una real moza y parece muy desgraciada según su esquelita. Pero quisiera que le corrija usted una o dos disertaciones, mi buena pequeña. A los futuros desmovilizados hay que reservarles distracciones.

Figúrese, esta tarde he pensado que pronto estaría con usted de civil en un restaurante de París, como antaño (iremos al Louis XIV y al Relais de la Belle Aurore) y que haríamos ruido con la boca ante una buena comida y me quedé patitieso, me costaba imaginar que algo así existiera. Oh amor mío, ¡cuánto anhelo este permiso! ¡Y las tortillas! Hoy me acordé de que existían las tortillas: hace tres meses que no las pruebo. En cambio, salchicha» he tenido a mi antojo.

Esto es todo por hoy, querida pequeña, amor mío. ¿Siente usted bien fuerte cuánto la quiero, cómo es usted mi pequeña flor? Somos una sola persona, mi dulce pequeña, una sola persona. Media, incluso. La quiero.

16 de agosto de 2013

A un ruiseñor

Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus amores;
canta, que llorará cuando tú llores
el alba perlas en la flor temprana.

Teñido el cielo de amaranta y grana,
la brisa de la tarde entre las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu esperanza vana.

Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus cantares
los ecos sonarán del bosque umbrío.

Y vertiendo dulcísimo desmayo,
cual bálsamo süave en mis pesares,
endulzará tu acento el labio mío.

15 de agosto de 2013

A SIMONE DE BEAUVOIR - 1940

12 de enero
Mi querido Castor

Se acabó, hace un momento rompí las seis primeras páginas de Histoires pour l’oncle Jules, me avergonzaba escribirlas. Había una autocomplacencia y unas obsequiosidades, a decir verdad exigidas por el género, y unos sonsonetes que me daban escalofríos. Y además, como le dije, me sentía una valkiria caída. De modo que volví a mi proyecto de escribir una gran obra teatral con sangre, violaciones y masacres, me viera usted, la tarde entera tristón y con el puño en la boca —el gesto que hago cuando busco un tema, usted sabe— a tal punto que Paul, siempre al acecho de mis desmayos, me preguntó con irónica y compasiva superioridad si estaba deprimido o si tenía malas noticias de casa. Lo mandé tajantemente a ocuparse de sus cosas y de hecho me sentía contentísimo; me había lanzado de lleno y con entusiasmo a la confección de un Prometeo dictador de la libertad que acababa en los suplicios que usted se imagina. Esto me procuró mi ratito de entusiasmo, porque en literatura apunto a lo grande y en el sondeo canté The man I love, con lo que el teodolito se tambaleó todo. Después, tras pensarlo mejor, la nota simbólica de Prometeo me causó cierto rechazo. No es que en sí no pueda uno recurrir al símbolo, al menos si lo hace con discreción, pero en mi loca juventud abusé tanto de él que terminé indigestado. Sentí que iba a regurgitar todo un montón de metáforas de La Légende de la Vérité y al final aquí estoy. Temo enfrascarme uno o dos días más en la búsqueda de un tema para acabar volviendo honestamente a Septembre. Honestamente, pero con cierto pesar. Me parece que tengo el estilo dramático en la cabeza y quisiera utilizarlo de una vez. ¿Y qué mejor ocasión que ahora, cuando tengo tiempo? ¡Ah!, dirá usted, así que no se está congelando, ¿no era que estaba sin carbón? Pues bien, esta mañana, después de dos o tres horas bastante duras (sondeo a —15° con un viento de mil demonios), cansado de vegetar en una habitación encendiendo periódicos para mantener la temperatura a 4 grados sobre cero, supimos por boca de Mistler, que es nuestro espía, que los secretarios robaban carbón de coque en la casa de baños. Fuimos, y volvimos con tres sacos llenos. En realidad no era un robo, y lo que cogimos fue debidamente registrado por un guardián. Pero resulta que el coque es un extraño carbón cabezadura que, cuando prende, nos asa, después se apaga y a continuación se niega obstinadamente a prender. Pero en conjunto ha estado caldeado. No tengo más para decirle. A la una fuimos al café del Correo a tomar una copa y por primera vez en tres días comí otra cosa que pan seco: había crema de guisantes, que me gusta mucho.

No he recibido su cartita cotidiana, querido amor mío, y ello me produjo un pequeño vacío. Recibí una de T., que no me dice nada de usted, durante la función del Théâtre Français (pero la obra la encantó) pero que a la mañana siguiente volvió al «bar de los Campos Elíseos que descubrió el Castor», lo que denota, me parece, excelentes sentimientos.

Realmente, salvo usted, querido amor mío, mi pequeña flor, que se mataría por mí, para el resto del mundo ya no cuento (mi madre aparte). Y en mi caso es gracioso, porque estaba colmado. Pero hace falta la presencia. Lo digo sin ninguna clase de amargura, me divierte ser como un muerto, como un pequeño fósil para toda esa gente, porque lo que es yo, me siento bien vivo. Es una experiencia y, además, para el final de la guerra me prometo cambiar de vida, si me apetece, porque en definitiva ninguna de esas criaturas habrá adquirido los derechos de la fidelidad. ¿Qué le parece, juzga usted demasiado fácil y cómodo mi escepticismo? En cualquier caso, la causa estaría en que usted me colma con sus tiernas cartitas, con toda su manera de ser y cuando uno tiene eso se vuelve exigente con los demás. 

Cuánto la quiero, mi pequeño parangón. Existiendo usted, es muy fácil vivir y ser feliz.